
Las 15:30, tiempo oficial del lagrimeo
Se debe llevar un control exacto. Cada minuto, cada calle, cada paso de esta antorcha que se niega a fenecer y arriba a Sydney, entre llanto, risas, banderas. Multitud.
Pedro Díaz G. / Enviado
SYDNEY. Han pasado más de tres meses de que abandonó la mítica ciudad de Atenas, Grecia. Dos mil 500 días suman ya los transcurridos, cuando a estos habitantes les despertó la novedad de que serían la sede de los Juegos.
La antorcha. Símbolo olímpico. Flama que reúne misticismos, conjunta voltuntades. Se venera como a un Dios.
Sí. Algo de divino tiene esta contemplación al éxtasis.
La antorcha. Penetra oficialmente en Sydney por el barrio Watherfall, el más sureño del territorio. El convoy es apenas mundano. Su espíritu y lo que produce verla, mucho tiene de emoción, de triunfo. No la apagó un extinguidor. No desvanecío en la nieve. Ningún océano, paredes de coral, pudo con ella. Y ya está aquí, a donde pertenecerá por el momento. Continúa su ya extenuante andar, y se yergue majestuosa, la llama de la vida.
Habrá que poner tintes de drama a las historias que sobre ella se continuarán narrando: a las 15:30 atraviesa la línea fronteriza y esta ciudad la hace suya cuando la ve pasar en manos de un atleta ciego: John Ansell, al que hoy se le rinde una grata pleitesía que es llanto, que también son los aplausos. Cada latido. Todas las miradas. Una madre carga a su pequeño, lo levanta en vilo. Secretea: jamás olvides este gran momento. “¡Go-Aussie-Go!”, se escucha a cada instante. Y el momento es un milagro irrepetible.
Todos podrán verla. Se han escrito sobre ella tratados y papeles. Su recorrido calle a calle, minuto tras minuto. Dónde va, qué sucede con esa flama olímpica. La fiesta es tan completa: miles de banderas azules, con barras y estrellas, lábaro patrio; seguirla por doquier, así sea también de noche; agitar los brazos, extraerse. Los parques se llenan desde mucho tiempo antes de observar su recorrido, de jóvenes inquietos que en patines, a pie o en bicicletas, se reúnen en los jardines, en picnics, aun cuando la velocidad del viento arrecia. Cantan niños, bailan ellas. ¿Que significa convivir 15 minutos con la antorcha?
Para Susy Maroney, lo mejor de su muy personal historia. Voluntaria en la villa olímpica de atletas, ha viajado desde Nueva Gales del Sur a hacerla suya. La posee. Y, tras dejarla en un relevo, confiesa emocionada: Tengo la certeza de que la mayor virtud del hombre es lograr que su destino esté rodeado de cosas buenas. ¿Sugiere usted algo mejor? cuestiona embelesada esta mujer, además maratonista y nadadora. Todos han querido un trozo de esa magia. Desde los muy famosos el decatleta Peter Hadfield, las nadadoras Michelle Ford y Bicole Stevenson, hasta los no tanto, como Susie, y, qué tal este caso: Adam Ritson, uno entre una multitud que la cargó después de sufrir 14 operaciones de cerebro, tras un muy grave accidente de automóvil. Todos personajes importantes de este vestal rito.
***
Ya casi termina la espera.
Sólo faltan cuatro días para la inauguración de los Juegos Olímpicos.
Y la antorcha, uno de sus símbolos más preciados, calienta ya el espíritu de los habitantes de la mayor ciudad australiana.
Sí, ya descansa el símbolo olímpico, que fue encendido en el Monte Olímpia, en Grecia, y que tocó tierra australiana el 8 de junio en Uluru (Ayers Rock).
Parpadea ya la llama inmortal, que sufrió dos ataques en los últimos días, y ayer un nuevo intento de robo.
Y ante la andanada de agresiones, promete el alcalde de la ciudad, Frank Sartor: Vamos a estar especialmente atentos.
***
La antorcha. Esa que danza, gira, se menea. La que, caramba, son las 15:30, entra a Sydney, y no da ocasión para otra cosa sino para el secreto o abierto, pero nunca inoportuno lagrimeo.

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