...O las emociones haciendo de las suyas bajo el puente

Saturday, June 17, 2006


El escándalo se propala

Pedro Díaz G.

SYDNEY. Acaso ninguna ciudad en el planeta esté lo suficientemente preparada para recibir a tan numerosos visitantes. Dudas, desconfianzas, aciertos y desaciertos los ha habido. Los habrá.

Pero algo no olvidan los residentes, en este ominoso periplo de errores: el comité organizador anunció, cuando los boletos de la ceremonia de inauguración fueron puestos a la venta, que habíanse terminado a la brevedad.

“Unas horas duraron en taquillas”, fue el reporte.

Así que la mayoría de residentes en Sydney quedó con ganas de obtenerlos. No era cierto. En unas semanas cada entrada de las muchas sin ofrecer fue secretamente repartida entre grupos de poder: empresarios, patrocinadores, amigos.

Sucede en todos lados.

Y no gusta la mentira. Así que, al hacerse público, pronto la credibilidad cayó. Se despeñó a grado tal que los asistentes a la apertura no serán australianos, no la mayoría, después de que voltearon a ver con molestia los ardides.

Un sentimiento se aprecia: el temor oculto de las autoridades de que las cosas no marchen. No como debieran.

Un problema ha tenido este territorio en su historia: el aislamiento. Lejos de otras civilizaciones, la de Australia se ha ido erigiendo independiente del mundo: su geografía impide, por ejemplo, conocer qué sucede con empleados de comercio que se suicidan en carreteras mexicanas luego de históricos tropiezos; poco se conoce de la vida en Estados Unidos, y, sin embargo, ocupados están por saber a detalle lo que sucede en Europa, Asia. Las noticias frescas, por supuesto, vienen de Indonesia, Singapur, Japón, China. Yakarta. Hay reminiscencias de todo el mundo en restaurantes, tiendas de ropa. En la propia gente: país, al igual que Canadá, que se convirtió a mitad de este siglo en puerto de entrada para la multidiversidad étnica, permite ver por sus calles lo mismo a señoras vietnamitas con esposo australiano y carreolas transportando pequeños güeritos de ojos rasgados, que musulmanes conduciendo taxis con ese gesto agrio de quien pasa la vida eludiendo semáforos y acelerando entre el intenso tráfico, que, estas dos semanas, se desquiciará por completo. Jamás visto: una hora entre el aeropuerto y la ciudad, apenas a ocho kilómetros de distancia. Peor pesadilla es querer traer un auto en estas circunstancias.

Gran negocio es lo que se espera cuando se realizan unos Juegos Olímpicos. No lo será. No para todos.

El nivel de vida es alto. Un sábado antes de las competencias deportivas habrá que cortarse el cabello en alguno de los cientos de salones de belleza con el look más novedoso, tomar un aperitivo italiano, comprar alguna ropa, lo último en fashion internacional, o comer, si lo desea, en restaurantes “mexicanos” como el Fiesta, o el Amigos en donde las luces de neón sobre barriles de cerveza anuncian “Saloon bar” en más tejano de los estilos.

Automóviles volante a la derecha deportivos, de lujo, muchas, muchas, muchas motocicletas y también ambiente propicio para vivir la independencia de montar una buena bicicleta.

Pagan el precio los habitantes de las ciudades de este país en Oceanía.

El último informe del Australian Bureau of Statics indica un incremento en el costo de las casas en ciudades que serán sede olímpica: en los últimos seis meses se han incrementado, en todo el país, en un 9.7 por ciento, teniendo elevaciones considerables y riesgosas en Melbourne, en donde el porcentaje alcanza hasta 13.7 por ciento. En Sydney una casa cuesta hoy 11.1 por ciento más que en diciembre y en Canberra el aumento llega a casi el diez por ciento. ¿Qué sucederá? Nadie lo sabe, pero aterra: en los últimos tres meses el aumento ha sido, por mes, del cuatro por ciento. Por el momento, y para hacer negocio, muchos de sus ciudadanos salen de Sydney. Abandonan. Hacen bien: han rentado en onerosas cantidades sus departamentos, casas y condominios y prefieren aislarse del ruido, la contaminación visual y toda esta muchedumbre: arrendan mientras tanto en otros sitios. Perth, Camberra, Melbourne, Adelaide, Brisbane. Ya leerán lo que sucede vía televisión, radio o internet.

Sus fobias tienen los habitantes de este sitio.

Ha dejado de ser, su patria, para ellos y en estos días deberán nuevamente compartirla con el mundo. Ya lo hicieron y mucho provecho sacaron de aquellos viejos tiempos: considerados en lo general vagos (quien no trabaja lo que debe o lo hace de mala gana), aprovechan el empuje que han tenido otras culturas y su éxito en Australia (en los setenta muchas familias arribaron de Sudamérica y ante la poca resistencia de quienes aquí nacieron, el triunfo económico y la supervivencia estuvieron garantizados), para, en este siglo XXI, cerrar oportunidades a otros y progresar por ellos mismos. Lo han logrado.

Inician los Juegos Olímpicos.

Los vuelos seguirán llegando a Sydney. La ciudad se entrega al mundo entero. De lo que sucederá, nadie lo sabe. Algo de orgullo, de arrogancia, por ello, existe en viejas o nuevas edificaciones, en este arte de proyectar, construir y adornar sus obras, monumentos que se alzan imponentes. Pero también mucho de incertidumbre hay en los rostros de esta gente que hoy sonríe ante tanto visitante y, no lo olvida, se molesta por las trampas de sus propios funcionarios inmersos en escándalos que hoy, como nunca antes, rápidamente se propalan por el planeta entero.


Septiembre, 2000

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