
Revendedores medalla de oro
Sydney: la más atinada acepción de la locura, perturbación, acción irreflexiva;
entusiasmo desmedido
Pedro Díaz G. /Enviado
Sydney.-- Vienen con globos en la cabeza, caminan por una calle vigilada con cámaras electrónicas –conectadas, a su vez, a una central de operaciones--. Es George Street, la arteria vial por excelencia, el andador a pie, las tiendas, bistros y café internet, la más asediada de las avenidas en estos días de euforia australiana.
Se desquicia este domingo. Es tiempo de tomar del brazo a los amigos, y salir a cazar todo lo aprehensible.
Una niña, rubia, hermosa, sale corriendo justo al ver el semáforo amarillo; se le cruza a los coches, ríe porque su compañera no se atreve. Muchos, los que la ven, arquean las cejas. ¿Qué le pasa a esta mujer?
Un segundo más tarde: un trenecito morado cruza la vía, la más famosa y comercial. Hay una línea coloreada en rojo ladrillo en el arroyo vehicular: indica que circulan, por ahí, autobuses en contrasentido. Pero, entonces, si todo aquí se conduce al revés, qué pasa. Vaya descontrol.
Casi atropellan a un amigo, ¡que ni cuenta se da! Baja del coche por el lado inverso (que a estas alturas no se puede definir cuál es) y tras el auto, que además desobedece la señal pues sólo deben circular camiones, viene uno. Sólo ríe cuando sus amigos le advierten que su historia se llamaría Muerte en Sydney.
Se oye de todo en George Street.
Se mete en la cabeza el ti-tac, tic, tac tictactictactictac de los semáforos, se mezcla con el jazz, con la música barroca de quienes ambulan los caminos. Como Carlos Pérez, a quien le arrojan monedas tras tocar, con la guitarra, el concierto de Aranjuez.
Calle segura, esta de tiendas llenas por doquier.
Estridencia traen los canadienses, con sus gritos, sus banderas, los rostros pintados de emoción.
Y decenas de visitantes se apoderan de la fugaz exhaltación de los sentidos: una niña anda en patineta (80 dólares, el costo más barato), y, a pedalazos, se escurre entre la gente. Otro joven aprovecha y en dos ruedas reparte, en pequeños folletitos, la palabra del Señor.
Centro comerciales de productos chinos, City Mark, en la esquina de Hay y George. Y la demencia colectiva: todos traen sus celulares (incluido un servidor). Los negocios de Internet florecen casi a cada cuadra. Un hombre vende sus boletos para la natación. Boletos de oro, dice, pero pocos se acercan a preguntar.
La Central Station es, por dentro, una maraña de tranvias que recorrer la ciudad entera. Imagine: ahí solamente existen 24 vías confluyendo. Y, para evitarse congestiones, la solución ha sido simple: tras pasar por la taquilla, es decir, las máquinas que le cobran su boleto de acuerdo con la distancia recorrida, usted tendrá que husmear en pantallas de televisión que dicen cada ruta, los minutos que faltan para que arribe su tren, y, lo mejor, los hay directos: mismas vías que sólo se detienen en paradas específicas e ignoran otras, por si quiere ir más veloz. Así, un recorrido entre Lidcombe Station, en Homebush, sede del Olimpic Park, a Central, lo mismo se detiene siete estaciones, o tres. Y cada detalle se indica en este sofisticado sistema de transporte.
Y por fuera, punto de entrada al barrio chino, cuyo árbol de hule, de la gota eterna e infinita, es una fuente ajena, extravagante, llena de inspiración: es símbolo de bienvenida al barrio chino. Es también una suerte de fuente de los deseos. Pero no aviente sus monedas: es suficiente con mirarla para ver cómo gotea: apenas es el tronco ancestral de un árbol con algunos adornos que simulan oro sobre su alto corpachón. De allá gotea incesante un poco de agua, que, al decir de la comunidad, trae buenaventura. Suerte. Todos se detienen a admirarla.
“Hay Street” es una calle cerrada donde solo cruzan trenes. Y hay que tener cuidado al pasar. La gente, que ahora viste con banderas, gorras, se identifica como olímpica porque un porcentaje muy alto tiene al cuello su acreditación. Una arteria sin automóviles, permite, así, un descanso. La contemplación sin aminorar el paso. El tiempo de tomar un respiro. Porque hace hambre y hay que intentar traducir cada letrero, que, literalmente, en chino está.
Los pubs debido a la sed están siempre llenos. En Market City, venden skies, viajes a Japón; casi todos por aquí son orientales, el mayor turismo, sin duda, viene de allá arriba.
¿Y la comida, qué elegir?
Se antoja un buen filete, pero... “Beef potato, vegeterian potateo, vegetarian pied (una especie de chalupa), chicken hawahian paid, doner kebab roll”, y cafés: “capuchino megachino”.
Helados deliciosos... pero, no. Muchos siguen en el estornudo, muchos viven, de verdad, con gripe. Dios.
Casi todos traen una cámara en la mano. La gente toma un alimento sentada en banquetas y escalones. Se escuchan todos los idiomas, lenguas, onomatopeyas. Gritos. Como los de este grupo de brasileños –bebé al hombro, cerveza en mano--, que festejan cuando el hombre del saxofón en Margaret Street, toca una samba.
Caminar.
En ello se pasa parte del domingo.
En pleno centro, un mercado como de revendedores reubicados.
Locales con ofertas, koalas de peluche, recuerdos, playeritas, sudaderas, lencería, pieles de canguro, o imitación pieles de canguro. Llaveros. Gorras.
Al salir del barrio chino un hombre toca el avderitoo, ese instrumento de aborígenes que estremece al escucharse.
Qué tal suena, no por algo hasta Yothu Yindi, un grupo de rock vende tantos discos.
El hombre, torso desnudo, explica a la gente desde donde viene el aire que convierte en bellos sonidos que aligeran el espíritu. Sale del pecho y termina en las mejillas, cachetes que se inflan.
--Tainkyu –exclama--, y, traducido: esto es lo que me salva la vida, dice tras un fuerte aplauso, muestra a la concurrencia un encendedor y un cigarrillo y lo prende, disfruta este momento: tras la risa colectiva, las monedas caen copiosas.

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