Los instantes se multiplican, se van...
Algo en el ambiente se percibe: son las horas finales. Compras de pánico --pertenencias dentro de un costal---, en las tiendas oficiales; escenarios llenos, infinidad de niños saltando lindos, atrevidos juegos de agua; flores que caminan balanceando a los pequeños. Cierta euforia en el adiós...
Pedro Díaz G. / Enviado
Sydney.-- La vida se va llenando de instantes que se van, que desvanecen. El plan de evacuación, en la villa de prensa, está en camino: deje, por favor, número de vuelo, número de cuarto, y su llave en la oficina, desde ya, y un ejército de voluntarios ayudarán a su partida de este espacio en el que han sobrevivido casi un mes, más de seis mil comunicadores. Seis mil.
Tendremos autobuses en recorridos constantes al aeropuerto. Minivans irán por su equipaje hasta su cuarto. Ah, y, por favor, no se robe las cosas que hay en las habitaciones: Las requeriremos, todavía, para los periodistas que cubrirán los Juegos Paraolímpicos.
--Pues qué gachos –se lee, entre muchos otros reclamos, en los comunicados que pegaron en cada uno de los edificios.
Es hora. Miles de personas se disponen a abandonar Sydney y acuden corriendo a todos los escenarios deportivos en donde, estratégicamente colocadas, existen tienditas, tiendas y tiendotas olimpicas, superstores, para que no se vaya con las manos vacías. Pero antes de entrar guarde todas sus pertenencias –“salvo su cartera, ejem, por favor”--, en estas bolsa de lona o de plástico que con mucho gusto (y total desconfianza) le sellará el policía de la entrada. Y las colas son inmensas...
Sólo aceptamos visa. Y efectivo, por supuesto.
Se percibe en el ambiente cierto aire de nostalgia, cierta euforia colectiva. El espíritu olímpico se impregna en la mirada de los niños, que disfrutan de estos juegos como pocos suelen hacerlo: bañándose en las innumerables fuentes, perfectas estructuras de arquitectos soñadores y se mecen entre juegos de agua, lindos, atrevidos, que mantienen al visitante en constantes y recurrentes embelesos.
La vida se va llenando de instantes sublimes, atroces, exquisitos. Ridiculos, innombrables, hipertiernos.
Instantes. Como el hacer una gran bola de gente en las calles principales de la ciudad-- cuya belleza, real, se circunscribe al down town de altísimo edificios cara al mar-- para mirar con asombro a qué dedican su tiempo los gozosos huéspedes, fugaces, momentáneos: este chavo se dedica a bailar frente a una máquina, en un centro de juegos de video. Acaso pensaron los japoneses --inventores de esta clase de artefactos-- que el pasmo con el que los adolescentes se entregan a los monitores de televisión era ignominioso, por su pasividad. Entonces:
podrás echar unas monedas y ponerte a bailar, hasta que aprendas. Que para ello están las máquinas de música y tableros de luces coloridas que se encienden en el piso. Otro de estos raros videojuegos te transporta a un escenario, con imaginarios fanáticos a tu alrededor: toma tu guitarra eléctrica, y dime, muéstrame como tocarías en un concierto. Y hay hasta quien se apasiona y, en contorsiones, se siente, cuando menos, Saúl Hernández, de Jaguares.
Intantes: ir en los brazos de mamá, con los ojos bien abiertos y un rosa moño sobre la cabeza, a tus seis meses. Oteando sobre el hombro, preguntándose, acaso, qué sucede, por qué habrá tanta gente.
Inatantes: cambiar un pin por un beso, a las afueras del Convention Center. Y escuchar, de pronto, la sorprendente música legada por los aborígenes, y que surge de didgeridoos, que también se van de viaje. Es ritmo ancestral para el espíritu. El instrumento, que toca el hombre sentado en la calle, produce sonidos que de verdad son un elixir auditivo. Fascinante. Emotivo. Seductor. Pero tiene sus secretos. Como, por ejemplo, que la mujer no debe tocarlo, ni con la yema de los dedos cuestión de la cultura. Y tú, como hombre, en las tiendas de productos aborígenes --que, además, pululan por doquier--, puedes hacer el intento. No hay problema. Debes empujar el aire e inflar cachetes; es difícil, pero cuando lo logras, uff, qué maravilla.
Instantes. Como tomarse una foto con los altos edificos a tu espalda y esa sonrisa franca que a veces enloquece. Esperar, con ansiedad, la fiesta que ha prometido don gobierno, con luces, fuegos que pintarán la noche con sus juegos pirotécnicos sobre Darling Harbour, George Street, Circular Quay...
Instantes. Chapotear entre la gente con los pies metidos en el agua de la fuente. Mamá, quiero un hotdog, y un refresco, y un helado, porque, caramba, qué calorcito el que hace hoy, bajo los aros olímpicos y las banderas, entre tanto bendito y reparador burbujeo.
Instantes. Tocar el saxofón en Central Station, base del no siempre subterráneo tren, que llega a este punto que es un infinito hormigueo, de traslados agitados: no son 24, sino 25 las líneas que convergen aquí y que parten a todos los suburbios.
Instantes. Que te dé el paso un joven rubio, en el vagón. Y luego te cuente que él también es mexicano, Pedro Wolff --no lo parece--, que llegó a Sydney hace un mes. Que trabajó dos años para llegar aquí, y que cuando pidió un permiso en su trabajo le dijeron no, y contestó: entonces hasta luego. Que se quedará, muchos, muchos instantes, pues su programa es recorrer todo Australia, hasta febrero.
Instantes. ¿Y por qué hay tantos niños en carreolas, de la mano de sus padres. Brincando y grite y grite? Ah, porque Darling Harbour, la bahía --el escenario más concurrido en estos Juegos--, tiene planeado un fin de semana famliar: cero bebidas alcohólicas, cero, en la medida que se pueda, te dejarán fumar. Es una práctica, te explica una edecán --que también ofrece un pin y un beso-- que tomamos cuando cerramos cada celebración. Y esta es la mayor. Es como la enseñanza que dejamos a los niños, con espectáculos, un festival y estallidos de luces de colores.
Instantes. Ver a un pequeñito, uno más, cruzar la acera en patineta; a estas dos bailar por unas monedas en Lidcombe Station, en Strathfield...
Instantes: estas flores gigantescas caminan con zancos e impresionan y te balancean, chamaca, para que te vayas pensando en qué recuerdos.
Instantes. De plácida calma cuando hay la posibilidad de un respiro, frente a la pasividad tranquila de un canguro, a la hora de comer.

0 Comments:
Post a Comment
<< Home