
La itinerante historia de Jacinto Zepeda
Lo mexicano se le nota no sólo el sombrero que por cien pesos compró en La Ciudadela. Mil 900 dólares, el boleto. Dos mil más para gastos... “Ahorro durante cuatro años, me preparo, y a viajar”, dice desde el Mundial de España 1992. Hoy, aquí, la estancia nada le cuesta
Pedro Díaz G. /Enviado
Sydney.—Ayer me entrevistó Jorge Berry –se ufana bajo el sombrero azul con bordados en plata, en realidad de fantasía: pagó por él apenas cien pesitos—y andaba bien pedo. Yo pensé que no me iba a sacar en la tele, pero sí. Cuando hablé a casa mi hijo Hugo gritó: “oiga apá, lo hemos visto ya varias veces”...
Otea Jacinto Zepeda para cubrir todo lo posible aquí, a un lado de la entrada principal del Centro de Convenciones, a mitad de la Bahía de Darling, a donde llega gente todos-colores, todas-pasiones, al torneo de boxeo olímpico. Arribó a esta ciudad de luces centellenates, lásers que apuntan hacia el cielo, olores entre lo exquisito y lo terrible, apenas el miércoles. Busca alguna persona que le revenda un boleto y, aunque sabe que en la calle Hay esquina George Street se han apostado los revendedores para cualquier clase de competencia, aquí, asegura, “a la hora del inicio, te lo dan al precio. Y así no tienes que formarte”.
Huele a todo, en este Sydney de días olímpicos y noches de Rib Eye a la cebolla. De fragancias deliciosas cuando pasa una mujer, se llena el ambiente por las calles, pero uno predomina en el tren subterráneo, en los autobuses, en centros comerciales y mercados: el acre aroma del sudor de africanos, hindués, orientales. Ufff, qué asco. Se asoma tímido el de palomitas y, de vez en vez, llega a la explanada de fuentes en constante movimiento el suave y generoso aroma a mar.
--Ahorita encuentro a uno que me venda la entrada –dice y saca un gabán del mismo tono: “Viva México, cabrones”, se insulta en letras platinadas--. Porque hoy pelean dos mexicanos: Zeruche y Francisco Bojado.
La gente no se molesta, pero llega a fastidiar ese abrir y cerrar de bolsas bajo los arcos electrónicos que resguardan cada instalación. Ojos mil veces avisores hurgan en bolsas, hay que quitarse hasta el último vestigio de metal; suenan hebillas y relojes. Y entonces, otro hombre, otra mujer, otro Hiroshi ojos rasgados, será el encargado de inspecciopnar que, de verdad, nada prohido se filtre en el estadio.
--¿Y esas tijeras, para qué las quiere?, pregunta iluso un policía, acaso imaginando la respuesta: “para matar a alguien, señor oficial del ejército australiano de voluntuarios con pálida mirada”.
--Es por su propio bien, no se despeperen --vomitan las bocinas de la arena, del estadio, de la cancha, de la pista, de los escenarios donde mandan vigilantes como se de reclutados en el medio oriente se tratase.
Está aquí Jacinto Zepeda con su sombrero mexicano. Muchos le saludan. Se ha dado cuenta de que, además, traerlo puesto es casi sinónimo de ligue. “Acabo de ocnocer a dos colombianitas, que no inventes”...
No es la primera vez que está fuera de la patria.
--Y es que sí se puede, casi grita en ese tono tan conocido desde hace unos años en el dpeorte mexicano.
En España comenzó su sueño itinerante.
--Tenía yo como 20 años, y me dije: no, Jacinto, la vida sólo se vive na vez. Y estas competencias son las que reúnen a la humanidad entera. Si quieres hacer algo con ti vida, viaja. Porque cuando te mueras, pues qué te vas a llevar. Y sí, me respondí yo mismo: a ahorrar, entonces.
España 1982, México –que le salió casi gratuito, pues vive allá por Naucalpan--, Italia 1990; Estados Unidos 1994 –“donde sólo estuve hasta que México perdió con Bulgaria pues allá si me gasté hartos dólares”--, Francia 1998 “donde ahí sí, viajé hasta con mi esposa”; y Juegos Olímpicos: Barcelona 1992 y, ahora, Sydney 2000.
--¿Es fácil?
--Lo es, si te decides. Yo, por ejemplo, soy agente de banquetes. Si tú quieres hacer bodas, quinceaños, bautizos, ceremonias, yo las contacto y me gano un quince por ciento. Y te imaginas: ese porcentae de un banquete de cinco mil personas, de a 150 pesitos por persona. Ya es algo. Trato de destinar siempre una parte para el banco, y ahí se va haciendo la ronchita.
El restaurante bar, Las Campanas, en el centro de Sydney –bajo edificios de más de cuarenta pisos, y entre cascadas de personas que charlan inmersos en idiomas y lenguas inintelegibles--, es uno de los pubs mexicanos de moda. Hasta allá llega Jacinto con su sombrero, alguna noche. Todos, todas, quieren tomarse una foto con este auténtico mexicano, que hoy viaja en Ferry y al regresar irá a su casa desde el aeropuerto en metro. Y le bailan en las piernas australianas. Y corre y corre de una bara a otra la cerveza. Y el relajo lo arma este hombre de bigote, que hoy festeja.
--Nos quieren un chorro por acá a loos mexicanos. Y con este sombrerote, pues, aunque lo creas, llamas la atención. Una vez, cuando en Barcelona compitió José de Jesús Córdoba en takwuon..., cómo se dice, taekwondo, y que le presto mi sombrero a que no adivinas a quién nos encontré, ahí, al ladito, y ahora está en la cárcel.
--¿A Cabal?, ¿al mochaorejas?
--No, a Raúl Salinas... Allá andaba, muy feliz.
--¿Cuánto le costó este viaje?
Mira hacia el océano de Tasmania, Jacinto itinerante. Absorve cada paso que la gente da, los movimientos en la calle, la educación de tener las calles limpias, la forma de comportarse de la gente. Dice al fin:
--Pues no mucho. El boleto, por ejemplo, lo anduve buscando en el mejor de los planes y me costó mil 900 dólares. Y me traje otros dos mil, para pasarla aquí. Pero, sabes, lo más importante es que uno como mexicano es muy ingenioso y se las va arreglando. Los primeros dos días, me la dejaron caer con 120 dólares la noche, en un hotelito más o menos. Porqiue ahora todo está muy caro. Luego me moví, y conseguí una casa en la que me rentaban de 45 dólares al día. Ya era una ventaja, ¿no? Pero ahora no lo vas a creer: conocí a un chavo de acá, un señor muy buena onda, y me está dando hospedaje gratis. ¿No es una maravilla? Al regreso, ya pensé, le voy a dejar mi gabán y le voy a comprar un buen regalo.
--¿Por qué viaja?
..Porque pienso, a mis hijos tengo que darls una educación. Ser ejemplo. Y si sólo conozco las cosas que suceden en un lugar, pues de dónde. En cambio así, saber que hay tantas culturas, tantos tipos de comida, tantos idiomás, tantas formas de comportarse, siento que estaré mejor preparado para ser buen ejemplo de los tres: Julio César, Hugo y Blanca.
Un secreto tiene para el éxito, Jacinto Zepeda: su somprero de a cien pesos. Y ya se va, en busca del vendedor de boletos. Porque hoy, además del boxeo, quiere ver el futbol Italia-España.
--Y sabes que es lo mejor: que siempre el sombrero se queda acá. Porque te imaginas llevarlo en el vuelo de regreso. Sería peor que un estorbo y llegaría todo doblado. Y, además, depende cómo me haya ido, ya decido lo que hacer: o lo regalo a alguien de por aquí o lo vendo y, ¿a poco no crees que por él me den cien dólares? Si una chica linda ya me dijo: te lo cambio por el mío y yo le contesté pues cómo crees y mejor ven, no te hagas del rogar, y dame un beso...

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