
¡No se puede caminar!
Hace apenas un par de días los taxistas preguntaban por la gente; hoy todos circundan las bahías. Pobres, ricos, y quienes jamás soñaron visitar esta ciudad
Pedro Díaz G. /Enviado
Sydney.-- La ciudad está hecha un caos.
Cada rincón de playa Bondi, las avenidas principales, el centro de la ciudad. Todo es movimiento sin igual.
--Jamás nos había pasado esto –apresura un cocinero que sirve delicioso kebab, carne asada al estilo conocido como tacos al pastor.
Y es que hay infinidad de platillos, la mayoría orientales, que los visitantes, sobre todo mexicanos, se rehusan a probar, pues acaso por su aspecto no son del todo confiables.
--Por eso, mano, bendito sea el McDonalds, que nos saca del apuro.
Eso sí: todo es tan apresurado, que encontrar un buen restaurante, donde saborear tranquilamente la comida, es imposible. Todo son comidas rápidas, y ordenes que se llevan para ir caminando mientras los ojos tratan de asir cada una de estas imágenes. A mitad de la bahía, entre el avasallador avance de una multitud que avanza en onduleos (imposible será seguir una línea recta pues alguno se detiene, otros andan más despacio y, todos, cámara en mano, pretenden regresar).
Es la bahía Darling la niña bonita de la ciudad. La del relajo tiene otro nombre: King cross; la parte más conflictiva y verdadera de toda la ciudad. Antros, mujeres, diversión.
Los parques están llenos porque han sido provistos de pantallas gigantes que transmiten las competencias más importantes.
Habrá que escuchar la bulla de la gente. Habrá que ver el diseño de los sitios, de las fuentes, chorros de agua que se permiten mil formas y colores.
Cómo asirse de una ciudad tan bella como esta en unos días.
--No mano, aquí cuándo vamos a regresar.
Cierto. Lo saben estos aussies que se desviven por dar una grata imagen, lo mismo en cafés, tiendas, cabarets.
“Disculpe, ya cerramos –dice un jovencito el rostro convertido en amplia muestra de gratitud por la visita”, pero, ¿de verdad le encantó aquella comida?
Y, tras algunas señas a sus compañeros, que ya limpian, ya enjabonan el lugar, él dice no le prometo nada, guiña un ojo, ym aunque resbala y casi cae, regresa ufano: espéreme cinco minutos y ahora se la traigo.
Es, no hay duda, la fiebre olímpica que a todos contagia.
A quienes cruzan la ciudad en busca de noticias, a los que caminan simplemente para tomarse fotografías; a los propios australianos, admirados porque todo mundo quiere un sitio en este espacio.
Todo está aquí y todo a la vista:
Circular Quay, el punto de embarque cercano al Puente Harbour, que estos días –las fotografías recorren el mundo entero-- tienen bajo sus arcos los anillos olímpicos, y desde muy temprano organiza excursiones para escalar su metálica estructura.
Royal botanic gardens, para románticos que quieran sumergirse con la naturaleza y contemplar plantas y flores; Macquarry Street en el centro de The Rocks; la AMP tower y su restaurante goratorio: construcción realizada para venerar la justa olímpica y punto más alto en la ciudad.
...Nielsen Park, Balmain Parramatta. Double Bay, Coogee, Blakheatt, playas, paisajes, casas viejas. Todo hay.
No alcanza el tiempo para todo.
Hay que escoger. Muchos se quedan con King Cross, la niña fea que habita este lugar:
--Sex shops, masajes, prostitutas, strip clubs...
Ah, qué taxista aquel, tal pudoroso: que no había relajo en Sydney, dijo. Pues qué, ¿acaba de llegar?

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