...O las emociones haciendo de las suyas bajo el puente

Saturday, June 17, 2006


Migración, entre la oportunidad y el abuso


La migración se da, por lo general, de los países de bajos ingresos a países de alto nivel. Y, también por lo general gana la nación receptora de migrantes. Pero, ¿qué sucede cuando, sin aportar nada, nada, nada, se vive bien, bien, bien, muy bien...?
Pedro Díaz G./ Enviado

Sidney.-- Llegan por barco a las costas australianas. Y aquí se quedan. La mayoría, de los países orientales, pero hay hindúes, rusos, españoles, italianos...
Son los migrantes. Viajeros que consigo llevan, muchas veces, la desesperanza.
Esos que observan desde lejos la prosperidad de otros países, toman riesgos y se aventuran a cruzar esa frontera que deja atrás cultura, raíces, esperanza.
Los beneficios para los que emigran son acceder a mayores ingresos y van en busca mejores oportunidades; de educación, entre otras. De trabajo, de desarollo personal.
Pero qué difícil, esto.
Andrew Buenrostro, aquel de los inicios, es un mexicano que no conoce México. Carlos Gutiérrez, en cambio, es un español que a los cuatro años vino a Australia con sus padres; se convirtió en australiano, viajó a Chile de negocios, conoció al amor de su vida, se casó y quedó diez años, allá, en Sudamérica. Después se convenció: "como Australia no hay dos", ¿dónde he oído esto?
Australia: los niños menores de diez años tienen transportación gratuita. Y si tu escuela queda lejos, ya más crecidito, igual. La condición es que te dirijas, no sé cómo lo comprueban, a un salón escolar.
Australia: al llegar, así sea en barco, de indocumentado: apoyos, dinero para sobrevivir. Es un pueblo humanitario.
Contradicciones: se recibe así a quienes llegan de altamar, huyendo de miserias que producen ansiedades. Pero para vivir aquí, por medio de un trámite legal, hay que esperar más tiempo. Y, además, ser profesionista, cuando menos.
Australia: si estudias una carrera universitaria, mereces, te otorgan una pequeña beca para que no pases penurías: 400 dólares acaso a la semana. De estos, que en pesos habrá que multiplicar, más o menos, por seis.
Australia: un obrero o gente que se dedica a la mano de obra, percibe sobre los 700, 800 dólares australianos por semana. Cinco mil al mes es ya un buen sueldo: lo que gana un profesor. Lo que le ofrecen, por cierto, a Jorge Rueda, el entrenador de la medalla de plata que ganó para México, con Fer, que tanto festejaron las televisoras. Esas...
Australia: antes se podía ingresar al país con menos trámites, menos problemas, más rápidez en el llenado de formas y contextos.
No ha sido así desde hace, más o menos, una década.
Australia.


* * * * *

Migración.
Los costos negativos reales, las pérdidas, son para el país que se abandona, casi siempre, con desanimo, pues se ha invertido en su educación y están en una etapa de la vida en la que más se puede procudir. Al emigrar, el país que invirtió en ellos deja de obtener ingresos por impuestos. Ocurre, además, lo que se denomina "fuga de cerebros", cuando los que emigran son los más cultos. Y eso sí es una verdadera lástima.
Por otro lado, no obstante, hay cierto beneficio. Sí, sólo sí: el país abandonado obtiene grandes cantidades por las remesas de dinero que los emigrantes envían a familiares. Pero muchos, qué tristeza, marchan con carreola, niños. Y mujer.
Hay naciones como Filipinas y México que reciben considerables envíos --con los que lucran inmisericordes empresas de cambio de moneda que todos conocemos-- y así se revitaliza la economía interna.
Pero el beneficio es para el receptor: tiene en sus manos gente apta para la vida laboral y muchos poseen cierto grado escolar. En lo que hay que trabajar, y se hace rápido, es en el idioma...
Los costos para el país que los recibe están asociados a los mayores gastos en servicios públicos (hospitales, educación) que tienen que brindar a los recién llegados, pero esto es más que compensado por los impuestos que pagan, apenas iniciado su trabajo.
En todo caso, hay naciones que dependen de la mano de obra extranjera para que su economía funcione, pues no tienen suficiente población o mano de obra calificada, como sucede a algunos países petroleros.
Pero, ¿qué pasa en este mundo?
Habrá que hablar entonces de globalización.
La población migrante sobrepasa los 120 millones de personas en el orbe, según la Oficina Internacional del Trabajo, 67 países son, hoy, importantes receptores de inmigrantes.
Hay un libro titulado Workers without Frontiers; the Impact of Globalization on International Migration, y ahí su autor sostiene que los flujos de bienes y capitales entre los países ricos y los pobres no serán lo suficientemente amplios como para satisfacer la necesidad de empleos en los países más pobres, sino que, por el contrario, es probable que la fractura social provocada por la reestructuración desarraigue a un número mayor de personas de sus comunidades y las anime a buscar trabajo en el extranjero. ¿No suena, quiero decir, se lee muy lamentable?
El total de personas migrantes en todo el mundo sobrepasa hoy los 120 millones --frente a los 75 millones de 1965-- y sigue creciendo.
"En un mundo de ganadores y perdedores, los perdedores no desaparecen; simplemente buscan un lugar a donde ir", dice Peter Stalker, el autor del libro.
La posibilidad de encontrar buenos empleos y obtener una remuneración mucho mayor es el principal motivo que hace emigrar a las personas: un estudio realizado en 1996 sobre 496 mexicanos indocumentados instalados en los Estados Unidos reveló que en su último empleo en México ganaban por término medio 31 dólares por semana, frente a los 278 dólares semanales que ingresaban apenas cruzando la frontrera: o sea, 9 veces más; en 1997, los jornaleros indonesios ganaban 28 centavos de dólar diarios, frente a 2 dólares, o más, en la vecina Malasia. Y como negocio, el tráfico de migrantes es sumamente lucrativo. Por pasar en coche ilegalmente a alguien a través de una fontera de Europa, o en una embarcación desde Marruecos a España, o de otra del Sur de Japón, Singapur, Shangai, a Australia, pueden cobrarse unos 500 dólares, pero un sofisticado paquete de viaje para un migrante indocumentado desde China a Estados Unidos puede llegar a costar hasta 30 mil dólares.
Este flujo ilegal de trabajadores ha dado origen a un gran mercado de documentos falsificados. Bangkok, por ejemplo, se ha convertido en un importante centro de producción de pasaportes falsos, en especial coreanos y japoneses, que se venden a unos 2 mil dólares y que utilizan emigrantes chinos para viajar a casi cualquier parte del mundo.
Un indicador más realista del potencial migratorio es la diferencia salarial existente para ocupaciones abiertas a los inmigrantes. Estas ocupaciones varían considerablemente de un país a otro --aquí, en Sydney, las housekeeper, es decir, afanadoras, son mujeres de velos azules e ideas algo musulmanas cubriéndoles el rostro--, aunque en casi todas partes los inmigrantes tienden a concentrarse en ciertos sectores productivos.
En Estados Unidos, en el que más participan los inmigrantes es la agricultura. En Bélgica y los Países Bajos se utiliza mano de obra para la extracción y tratamento de minerales; en Dinamarca, Alemania, Australia y Canadá es el sector manufacturero; en Francia y Luxemburgo, la construcción y la ingeniería civil; y en el Reino Unido, el sector de servicios.
El mundo ha vivido en épocas anteriores migraciones en gran escala: la trata de esclavos y la migración europea al Nuevo Mundo y a este país que hoy visitamos: Australia.
La transferencia más brutal de personas de un país a otro se produjo a consecuencia de la trata de esclavos. Se estima que 15 millones de fueron transportados desde África a "las Américas" con anterioridad a 1850, y que durante el siglo XX, tras la abolición de la esclavitud, más de 30 millones de personas se vieron desplazadas.
Millones se reubicaron, también, voluntariamente. Entre 1846 y 1939, unos 59 millones dejaron Europa, la mayoría para dirigirse hacia el continente americano, pero, también, otras rumbo a Australia, Nueva Zelandia y Sudáfrica.
Hay que detenernos a pensar que el porcentaje actual de población extranjera en Australia es del 22%, en Canadá del 16%, en los Estados Unidos del 8% y en Alemania del 8,8.
Aumenta, en pocas palabras, la oferta por los seres humanos. ¡Qué frase tan atroz! Pero así es.


* * * * *

Al llegar tienen garantizada, cuando menos, la sobrevivencia cotidiana. Pero qué sucede cuando, como nos narra Carlos Gutiérrez, con un dejo de molestia, "conozco a muchas personas que han llegado aquí, a Sydney, y gracias al sistema, que mucho te apoya y da, viven sin trabajar un sólo día en su vida: sólo con los programas de ayuda a desvalidos, y los vez, muy ufanos, comprando bienes. Yo conozco gente, y me lamento decir que son amigos, que 'no dan un golpe', es decir, que no producen para el país que les ha abierto sus puertas, y tienen, de verdad, hasta tres casas".


Septiembre, 2000



Las 15:30, tiempo oficial del lagrimeo

Se debe llevar un control exacto. Cada minuto, cada calle, cada paso de esta antorcha que se niega a fenecer y arriba a Sydney, entre llanto, risas, banderas. Multitud.

Pedro Díaz G. / Enviado

SYDNEY. Han pasado más de tres meses de que abandonó la mítica ciudad de Atenas, Grecia. Dos mil 500 días suman ya los transcurridos, cuando a estos habitantes les despertó la novedad de que serían la sede de los Juegos.

La antorcha. Símbolo olímpico. Flama que reúne misticismos, conjunta voltuntades. Se venera como a un Dios.

Sí. Algo de divino tiene esta contemplación al éxtasis.

La antorcha. Penetra oficialmente en Sydney por el barrio Watherfall, el más sureño del territorio. El convoy es apenas mundano. Su espíritu y lo que produce verla, mucho tiene de emoción, de triunfo. No la apagó un extinguidor. No desvanecío en la nieve. Ningún océano, paredes de coral, pudo con ella. Y ya está aquí, a donde pertenecerá por el momento. Continúa su ya extenuante andar, y se yergue majestuosa, la llama de la vida.

Habrá que poner tintes de drama a las historias que sobre ella se continuarán narrando: a las 15:30 atraviesa la línea fronteriza y esta ciudad la hace suya cuando la ve pasar en manos de un atleta ciego: John Ansell, al que hoy se le rinde una grata pleitesía que es llanto, que también son los aplausos. Cada latido. Todas las miradas. Una madre carga a su pequeño, lo levanta en vilo. Secretea: jamás olvides este gran momento. “¡Go-Aussie-Go!”, se escucha a cada instante. Y el momento es un milagro irrepetible.

Todos podrán verla. Se han escrito sobre ella tratados y papeles. Su recorrido calle a calle, minuto tras minuto. Dónde va, qué sucede con esa flama olímpica. La fiesta es tan completa: miles de banderas azules, con barras y estrellas, lábaro patrio; seguirla por doquier, así sea también de noche; agitar los brazos, extraerse. Los parques se llenan desde mucho tiempo antes de observar su recorrido, de jóvenes inquietos que en patines, a pie o en bicicletas, se reúnen en los jardines, en picnics, aun cuando la velocidad del viento arrecia. Cantan niños, bailan ellas. ¿Que significa convivir 15 minutos con la antorcha?

Para Susy Maroney, lo mejor de su muy personal historia. Voluntaria en la villa olímpica de atletas, ha viajado desde Nueva Gales del Sur a hacerla suya. La posee. Y, tras dejarla en un relevo, confiesa emocionada: Tengo la certeza de que la mayor virtud del hombre es lograr que su destino esté rodeado de cosas buenas. ¿Sugiere usted algo mejor? cuestiona embelesada esta mujer, además maratonista y nadadora. Todos han querido un trozo de esa magia. Desde los muy famosos el decatleta Peter Hadfield, las nadadoras Michelle Ford y Bicole Stevenson, hasta los no tanto, como Susie, y, qué tal este caso: Adam Ritson, uno entre una multitud que la cargó después de sufrir 14 operaciones de cerebro, tras un muy grave accidente de automóvil. Todos personajes importantes de este vestal rito.

***

Ya casi termina la espera.

Sólo faltan cuatro días para la inauguración de los Juegos Olímpicos.

Y la antorcha, uno de sus símbolos más preciados, calienta ya el espíritu de los habitantes de la mayor ciudad australiana.

Sí, ya descansa el símbolo olímpico, que fue encendido en el Monte Olímpia, en Grecia, y que tocó tierra australiana el 8 de junio en Uluru (Ayers Rock).

Parpadea ya la llama inmortal, que sufrió dos ataques en los últimos días, y ayer un nuevo intento de robo.

Y ante la andanada de agresiones, promete el alcalde de la ciudad, Frank Sartor: Vamos a estar especialmente atentos.



***

La antorcha. Esa que danza, gira, se menea. La que, caramba, son las 15:30, entra a Sydney, y no da ocasión para otra cosa sino para el secreto o abierto, pero nunca inoportuno lagrimeo.



Septiembre, 2000


¡Ya está aquí!


Pedro Díaz G.

SYDNEY.- Han pasado más de tres meses de que abandonó la mítica ciudad de Atenas, Grecia.

Es la antorcha... Símbolo olímpico. Flama que reúne misticismos, conjunta voltuntades. Se venera como a un Dios.

Sí. Algo de divino tiene esta contemplación al éxtasis.

La antorcha penetra oficialmente en Sydney por el barrio Watherfall, el más sureño del territorio. El convoy es apenas mundano. Su espíritu y lo que produce verla, mucho tiene de emoción, de triunfo. No la apagó un extinguidor. No desvaneció en la nieve. Ningún océano, paredes de coral, pudo con ella. Y ya está aquí, a donde pertenecerá por el momento. Continúa su ya extenuante andar, y se yergue majestuosa, la llama de la vida.

Todos han querido un trozo de esa magia... Y ya casi termina la espera.

Sólo faltan cuatro días para la inauguración de los Juegos Olímpicos.

Y la antorcha, uno de sus símbolos más preciados, calienta ya el espíritu de los habitantes de la mayor ciudad australiana.

Sí, ya descansa el símbolo olímpico, que fue encendido en el Monte Olimpia, en Grecia, y que tocó tierra australiana el 8 de junio en Uluru (Ayers Rock).

Parpadea ya la llama inmortal, que sufrió dos ataques en los últimos días, y ayer un nuevo intento de robo.

Y ante la andanada de agresiones, promete el alcalde de la ciudad, Frank Sartor: Vamos a estar especialmente atentos.

La antorcha. Esa que danza, gira, se menea. La que, caramba, son las 15:30 y entra, por fin, a Sydney.



Septiembre, 2000



El escándalo se propala

Pedro Díaz G.

SYDNEY. Acaso ninguna ciudad en el planeta esté lo suficientemente preparada para recibir a tan numerosos visitantes. Dudas, desconfianzas, aciertos y desaciertos los ha habido. Los habrá.

Pero algo no olvidan los residentes, en este ominoso periplo de errores: el comité organizador anunció, cuando los boletos de la ceremonia de inauguración fueron puestos a la venta, que habíanse terminado a la brevedad.

“Unas horas duraron en taquillas”, fue el reporte.

Así que la mayoría de residentes en Sydney quedó con ganas de obtenerlos. No era cierto. En unas semanas cada entrada de las muchas sin ofrecer fue secretamente repartida entre grupos de poder: empresarios, patrocinadores, amigos.

Sucede en todos lados.

Y no gusta la mentira. Así que, al hacerse público, pronto la credibilidad cayó. Se despeñó a grado tal que los asistentes a la apertura no serán australianos, no la mayoría, después de que voltearon a ver con molestia los ardides.

Un sentimiento se aprecia: el temor oculto de las autoridades de que las cosas no marchen. No como debieran.

Un problema ha tenido este territorio en su historia: el aislamiento. Lejos de otras civilizaciones, la de Australia se ha ido erigiendo independiente del mundo: su geografía impide, por ejemplo, conocer qué sucede con empleados de comercio que se suicidan en carreteras mexicanas luego de históricos tropiezos; poco se conoce de la vida en Estados Unidos, y, sin embargo, ocupados están por saber a detalle lo que sucede en Europa, Asia. Las noticias frescas, por supuesto, vienen de Indonesia, Singapur, Japón, China. Yakarta. Hay reminiscencias de todo el mundo en restaurantes, tiendas de ropa. En la propia gente: país, al igual que Canadá, que se convirtió a mitad de este siglo en puerto de entrada para la multidiversidad étnica, permite ver por sus calles lo mismo a señoras vietnamitas con esposo australiano y carreolas transportando pequeños güeritos de ojos rasgados, que musulmanes conduciendo taxis con ese gesto agrio de quien pasa la vida eludiendo semáforos y acelerando entre el intenso tráfico, que, estas dos semanas, se desquiciará por completo. Jamás visto: una hora entre el aeropuerto y la ciudad, apenas a ocho kilómetros de distancia. Peor pesadilla es querer traer un auto en estas circunstancias.

Gran negocio es lo que se espera cuando se realizan unos Juegos Olímpicos. No lo será. No para todos.

El nivel de vida es alto. Un sábado antes de las competencias deportivas habrá que cortarse el cabello en alguno de los cientos de salones de belleza con el look más novedoso, tomar un aperitivo italiano, comprar alguna ropa, lo último en fashion internacional, o comer, si lo desea, en restaurantes “mexicanos” como el Fiesta, o el Amigos en donde las luces de neón sobre barriles de cerveza anuncian “Saloon bar” en más tejano de los estilos.

Automóviles volante a la derecha deportivos, de lujo, muchas, muchas, muchas motocicletas y también ambiente propicio para vivir la independencia de montar una buena bicicleta.

Pagan el precio los habitantes de las ciudades de este país en Oceanía.

El último informe del Australian Bureau of Statics indica un incremento en el costo de las casas en ciudades que serán sede olímpica: en los últimos seis meses se han incrementado, en todo el país, en un 9.7 por ciento, teniendo elevaciones considerables y riesgosas en Melbourne, en donde el porcentaje alcanza hasta 13.7 por ciento. En Sydney una casa cuesta hoy 11.1 por ciento más que en diciembre y en Canberra el aumento llega a casi el diez por ciento. ¿Qué sucederá? Nadie lo sabe, pero aterra: en los últimos tres meses el aumento ha sido, por mes, del cuatro por ciento. Por el momento, y para hacer negocio, muchos de sus ciudadanos salen de Sydney. Abandonan. Hacen bien: han rentado en onerosas cantidades sus departamentos, casas y condominios y prefieren aislarse del ruido, la contaminación visual y toda esta muchedumbre: arrendan mientras tanto en otros sitios. Perth, Camberra, Melbourne, Adelaide, Brisbane. Ya leerán lo que sucede vía televisión, radio o internet.

Sus fobias tienen los habitantes de este sitio.

Ha dejado de ser, su patria, para ellos y en estos días deberán nuevamente compartirla con el mundo. Ya lo hicieron y mucho provecho sacaron de aquellos viejos tiempos: considerados en lo general vagos (quien no trabaja lo que debe o lo hace de mala gana), aprovechan el empuje que han tenido otras culturas y su éxito en Australia (en los setenta muchas familias arribaron de Sudamérica y ante la poca resistencia de quienes aquí nacieron, el triunfo económico y la supervivencia estuvieron garantizados), para, en este siglo XXI, cerrar oportunidades a otros y progresar por ellos mismos. Lo han logrado.

Inician los Juegos Olímpicos.

Los vuelos seguirán llegando a Sydney. La ciudad se entrega al mundo entero. De lo que sucederá, nadie lo sabe. Algo de orgullo, de arrogancia, por ello, existe en viejas o nuevas edificaciones, en este arte de proyectar, construir y adornar sus obras, monumentos que se alzan imponentes. Pero también mucho de incertidumbre hay en los rostros de esta gente que hoy sonríe ante tanto visitante y, no lo olvida, se molesta por las trampas de sus propios funcionarios inmersos en escándalos que hoy, como nunca antes, rápidamente se propalan por el planeta entero.


Septiembre, 2000


Enemigos inesperados

Pedro Díaz G.

SYDNEY. Sí, las noches son largas y frías. El viento se cuela por todos lados, como enemigo al acecho.

Le temen los mortales. Los atletas, también.

¿Ese enemigo invisible afectará las marcas olímpicas?

Los australianos no se inmutan; están acostumbrados a recibir esos vientos como anuncio de la llegada de la primavera.

Y así, lo que uno siente como presencia diaria y agresiva, para ellos es anuncio de tiempos mejores.

Al saltar a las pistas o a las canchas, aquellos que tendrán actividad al aire libre se preguntan si ese viento de tempestad estará ahí cuando llegue la hora de competir.

¡Fiuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu! Un viento así en el agua puede significar muchas cosas; tal es el temor de los que van a la regata, el remo, la piragua...

Habrá que imaginar las fuertes rágafas atravesando los campos de tiro, o la cancha del voleibol playero: va el jugador a la red, da el salto y... ¡La pelota ya no está ahí! Juegen Joehler se acercó el lunes a un grupo de reporteros, y advirtió: Si este fin de semana el viento sigue soplando así podría llegar a ser dramático.

Y preveía un futuro difícil para sus muchachos y sus piraguas en las “aguas salvajes” del lago de Penrith.

¡Fiuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu! En otros frentes surgieron los mismos temores.

El Archery Park es una maravilla... Nuestro problema es el viento. Así nadie puede decir quién ganará el oro aquí dijo el italiano Michele Frangili, campeón de tiro con arco.

¡Fiuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu! Dicen que son vientos de 30 kilómetros por hora.



***

El viento y el frío...

Antes de que empiecen las actividades, ya se ha bautizado a estos Juegos Olímpicos como los más fríos de la historia.

¿Será?

Si uno se planta en las calles de Sydney cuando atardece, no podrá negar que el frío pesa.

Cada nueva Olimpiada se presta a la exageración; se anda siempre en busca de lo mejor, lo más espectacular, lo más bello...

¿Serán de veras, los de Sydney, los más fríos de la historia?

El invierno ha sido duro; la primavera apenas amanece.

El frío y el viento están ahí.

Tenían que haber comenzado los Juegos en octubre, quizá, para encontrar un clima más propicio.

Pensemos que habrá problemas.

Es el pronóstico de Michael Mueller, director deportivo de la federación alemana de remo.

A los caballos también pueden afectar estas cosas del clima: se caen cosas en el camino de las bestias, las banderas son cacheteadas por el viento...

Los caballos pueden asustarse o desconcentrarse dice la campeona Isabell Werth.

Otros invitados estarán aquí: el frío y el viento, el viento y el frío...

¡Fiuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu!


Septiembre, 2000